domingo, 4 de febrero de 2018

Norberto Alvarez Debans firma contrato para la edicion de su novela Delfina

El escritor argentino Norberto Alvarez Debans, firma contrato con la editorial Ediciones LeE, para concretar la edición de su novela DELFINA. Buenos Aires, 24 de enero de 2018. Presentes; Victor Ernesto Vidal, Representante del Editor Diego Vidal,  Norberto Alvarez Debans, Autor y Stella Maris Martinez, acompañante autor.



miércoles, 2 de noviembre de 2016

EL CONCURSO DE MANCHAS

Cuento Breve

Por Norberto Alvarez Debans

El hombre lo veía como parte de sus sueños, en confusión, igual que su existencia. Desgarbado, vestía con desgarro y mendicidad. Habitante forzoso de la naturaleza del lugar. Reclinado sobre la tierra, junto al tronco de un árbol de espesas frondas, con dificultad evidente empinaba la botella con vino tinto, observándolos. El apacible estado de su entorno (el Parque Lezama) se vio paulatinamente invadido de personas, haciéndolo en paz y silencio.

Con el pintoresquismo de sus ropas informales, llegaban desde todas las direcciones, convergiendo allí. Traían ocultas, armas, utensilios y municiones de colores. Venían solos, en parejas o grupos, perfumados de óleo-laca-trementina. Pelos largos, trenzas y barbas, pareciéndose entre sí, en los alegres contrastes de sus ropas informales.

El Parque se fue poblando de ellos, caminaban casi danzando, los brazos extendidos y levantados, cruzando el índice con el pulgar de ambas manos, repitiendo la mímica una y otra vez. Buscaban encuadres donde centrar la acción, saltando de un rincón a otro. Tomaron posiciones entre los árboles o sobre los caminos del parque. Armados de pinceles, arremetían contra los bastidores (ubicados en caballetes desplegables) enfrentando tras sus telas, como escudos, al Parque con decisión. Otros sentados en el césped, con cartones sobre las piernas, manchaban con espátulas los bocetos a la carbonilla.

Ellos contra el Parque, librando el desafío. Pocos, alejados del frente activo –solitarios- iluminaban el paisaje con sus acuarelas humedecidas, ¡Luz, color y fantasía!

Lentamente comenzaron a teñir el cielo con grises o azules, la tierra con marrones y terracotas, de siena y ocre los caminos, con infinidad de verdes las gramillas. Con su poder de síntesis modelaban los árboles, reubicándolos entre objetos, atentos a su propia configuración de las escenas. Las cabelleras de múltiples hojas, se arremolinaban sobre los jarrones del sendero principal y con toques de flores los resaltaban. Las perspectivas fueron modificadas, trabajaban afanosos con diversos puntos de fuga y el trazo seguro multiplicaba los bancos, los árboles y los canteros, enderezando los sinuosos caminos, mostrando detalles ocultos o forjando las verjas lindantes a gusto.
Quienes se ceñían a la realidad de la observación clásica, calcaron sobre sus telas las dimensiones, yuxtaponiendo colores, creando vibraciones y texturas, atrapando el paisaje en los espacios que trajeron vacíos.

Los pintores habían encontrado un dominante que actuaba como ordenador, permitiéndole el encuentro y la acción, el concurso de manchas en el Parque. Las referencias: el cielo, la tierra, la vegetación, los caminos, las fuentes, las escaleras. La quietud, el silencio del lugar y la figura humana. La tarde tranquila y los límites; el Parque y la ciudad. ¿El Parque de la ciudad? ¡Los pintores de la ciudad en el Parque! Todo se descomponía según el enfoque de los artistas.
Los trazos (ejes imaginarios y formas contenidas) lo cruzaron todo. Lo recortaron en rectángulos, variando la intensidad de los planos, llenándolos de matices nuevos. Volcaban entusiastas sus tendencias a la transformación, tamizando vivencias y realidad, cambiando la atracción y tensión de las perspectivas. Atraparon en las redes de sus telas lo que tocaba la gracia del pincel, de la carbonilla o de las espátulas, el paisaje y su atmósfera.

Jugaron embelesados a la creación, como hacedores de fantasías, sobre la tangible realidad, recreando lo creado. Por eso le crecieron alas a las estatuas, olivos de paz en las manos de los niños, ramos de flores a las parejas, ruedas y motores a las cosas. Convirtieron los bancos en camas abrazadas de amores. Los bebederos en fuentes mágicas de chorros iridiscentes, bañando el lugar y a las personas sorprendidas. Las gamas de colores varían, las texturas también son alteradas en la ansiedad de la lucha, luz y sombras, cielo y tierra, figuras y soledad. Color contra color, los pintores y el parque.

El borracho en medio del pasto crecido (escondido en la penumbra) presencia en sopor, la transformación del sitio sobre las telas. El Parque Lezama se diluye como una visión fragmentada y blanda. Casi daliliana, quedando suspendida en caballetes y atriles, también sobre las superficies planas apoyadas en las piernas de los pintores. Todo ha cambiado, después de los aprehendedores del paisaje.

Los estrategas y críticos desarrollaron el juego: puntillismo, cubismo, impresionismo, futurismo, hiperrealismo, los istmos de la plástica en los rincones de los espacios invadidos. Las calles que rodea el paseo, limitan el territorio. En su interior, el accionar de los pintores desfigura la geografía. Los escalones aparecen y desaparecen, el agua de las fuentes ha desbordado y sus impulsos líquidos van tiñendo en su latir a los artistas, salpicando en la lucha sus ropas, sus dedos, sus caras, con colores, pareciéndose así a los arlequines de Picasso o a las muchachas de Cavalcanti. Los pintores penetran, paulatinamente, en la naturaleza encerrada en el Parque (a resguardo de la ciudad) a través de sinuosos caminos de la fantasía.

Con sus trabajos terminados, van tomando el Parque, a través de la luz de sus percepciones. Las galerías de arte de la ciudad los esperan.

Las visiones del borracho, desde su lugar, producen otra imagen del conjunto, nebulosa de una irrealidad, realidad en veladuras multicolores; realidad e irrealidad, nebulosas y veladuras. ¿Diferencias de un sueño más? Quizás hoy, sin el matiz de sus grises habituales, (comienzo del silencio a su alrededor), abrazado a su muñeca de vidrio –ya vacía-  abrigado de pastos y bajo el amparo del árbol, oculta sus sueños. Antiquísima niñez, recuerdo de verano en el campo, pájaros y colores, vida. Extraña realidad presentida en el tiempo.

La luz se va extinguiendo –señal propicia- los artistas guardan las armas y utensilios. Abrazados a sus preciosos trofeos van desandando el camino. Arlequines y muchachas multicolores, bufandas abrigadas dentro de los pelos y bajo las barbas, sonrisas y miradas, entorno a conversaciones en común.

En retirada, se llevan sigilosos el Parque atrapado para siempre sobre sus telas. Eufóricos con el triunfo, olvidando ya el inquietante blanco inicial, angustia de pintores. Del paisaje recortado y fraccionado, los más audaces o talentosos se llevan una gran parte, los iniciados, pequeñas superficies. La naturaleza profanada por los pintores con el arte de su razón ha sido volcada sobre sus telas y cartones y la llevan al centro de la ciudad, para mostrarlas en galerías como un espacio propio cargado de su vanidad creadora.

El Parque ha desaparecido, nada queda. Cuando el testigo inicial despertó de su embriaguez, rodeado del blanco vacío, pensó que soñaba. El hecho fue noticia el 16 de mayo de 1964.

Copyright Norberto Alvarez Debans. Reservado todos los derechos.

martes, 9 de agosto de 2016

TE RUEGO QUE LA LEAS...

Cuento breve

Por Norberto Alvarez Debans

Sé que en ti hubo sutileza en todo lo que hiciste. Además, si hubo una primera vez, fue nuestro descuido. Así lo supimos aquel domingo cuando regresamos de Palermo y fue notar tu ansiedad por revisarlo todo, pero de esa manera que tuviste desde el principio. En nosotros, te confieso, privó la sorpresa por sobre el temor de hallarte aún en casa.
En un primer momento, nos pareció que habías ingresado, (por aquella ventana que encontramos abierta), un decorador de la contradicción. Ya que fue ver todo en el lugar opuesto al elegido por nosotros, para lograr ese equilibrio de la casa y sus objetos; ese mundo en el que encontrábamos nuestras personalidades. Apenas entre, supe que eras una mujer. Quedó tu perfume flotando en las habitaciones y la delicadeza de los objetos retirados de sus lugares y puestos en posiciones opuestas, pero con cierto orden, con cierta valorización estética, como si privara en ti el arte por sobre tu actitud de robo.

Te confieso que aquella primera vez nos tomaste por sorpresa. Nunca nadie había entrado así en casa. La novedad, acompañada del razonamiento posterior produjo ese temor frío que nos invadió luego. Esa sensación que nos quedó de haber sido violados en nuestra intimidad, en nuestros placares, en esos cajones abiertos como exponiendo nuestra persona a tu curiosidad. Tan es así que fue correr cada uno dentro de la casa buscando las cosas más personales, las más queridas y verificar cuál de ellas no estaba. Y de alguna manera, si eso perseguías, hiciste con tu desorden que sin darme cuenta entramos en una competencia doméstica tratando de determinar con mi mujer, a quién le habían llevado más cosas, que objeto no estaba más.

Veíamos pasar los días sin salir de la sorpresa de haber sido robados. ¿Por qué a nosotros? A medida que descubríamos nuevas faltantes, la vivencia de tus actos volvía a nosotros cada vez más seguido. Imaginando una y otra vez, hasta el cansancio, la forma de tu ingreso y los medios de los cuales te valiste para captar información. Y esa forma silenciosa y sutil de retirarte. Es más, a pesar de los días transcurridos, aún sentíamos tu perfume donde seguramente posaste tus manos o tu cuerpo. En mi escritorio, cada vez que corro la cortina que cubre la ventana, aspiro tu perfume. Pero muy a mi pesar y como todas las cosas, la fragancia se fue diluyendo con el desabrido transcurrir del tiempo.

Y fue esa primera vez cuando mostraste tu personalidad de mujer. Por las prendas que te llevaste, por las alhajas que elegiste y sobre todo por la blusa y la pollera de mi mujer, haciendo juego. La entonación que buscaste con la acertada cartera y los zapatos, sé que fue como regalarte algo para lucirlo. Pero aun así, me agradó saber que te llevaste aquello... y tú sabías de mi aprecio. Sabías que ese gesto, esa delicadez de dejarme un papelito en la mesa de luz serviría para conmoverme, para que te disculpara. Y ese último significante, "perdóname", escrito sobre la madera fibrosa, con ese lápiz de mina gruesa, aun así, tenía la delicadeza de tu trazo, esa gracia de mujer, ese pequeñísimo remordimiento que sentiste al llevarte aquello. Sabías el valor que tenía para mí, lo mucho que significaba.

La primera vez note que solo retiraste objetos de mi mujer y aquello que tanto extraño. Luego te dedicaste a acomodar mis cosas en otros lugares, como jugando con los volúmenes y las formas, reubicándolos a tu manera, después sentí que con ello me habías prevenido de tu próxima visita, casi agrupaste lo que te llevarías.
Cuando ya habíamos bajado la guardia, cuando casi ya no se hablaba del tema, entraste otra vez. Fue mucho más burdo. La filmadora, el proyector, las cámaras fotográficas, las máquinas de calcular, eran valores que sobresalían por su tamaño, más que por lo que te iban a dar. No tocaste nada más. No abriste los cajones, eso sí; hojeaste el libro Alicia en el país de las maravillas y no sé porque lo hiciste, aún no lo sé... Volví a encontrar otro mensaje, esta vez un papelito sobre las camisas recién planchadas, te juro que me conmoviste al agregar mi nombre a la disculpa: "Tuve que hacerlo, perdóname Norberto"

Le escribí: "-Leí y releí Alicia en el país de las maravillas, y no sé, no supe por qué elegiste ese libro, tampoco sé de dónde sacaste mi nombre. Sé que vas a intentarlo una tercera vez, porque me lo anunciaste otra vez, y te lo agradezco. Moviste todos los cuadros, moviste el equipo de sonido y los televisores, como anunciándome, como explicándome que tu sola no tenías la decisión, que no era solamente tu responsabilidad, que la tercera vez sería en otra escala, quizás los muebles. Por esta razón te espero. Quiero comunicarme contigo, por eso te escribo esta carta, porque es la única forma que tengo de decirte todas estas cosas, porque no sé cómo jugar con tus objetos, tampoco podría, como lo has hecho vos con los míos. Pero también quiero decirte que si pretendías comunicarte conmigo, lo has logrado, con solo apreciar tu conducta, tu forma de realizar el trabajo, tu forma de ser. Esa actitud lúdica de mover mis cosas y el gesto de dejarme esos mensajes, por todo eso sé que me devolverás aquello, tan pequeño e insignificante para extraños, que te llevaste y que es lo único que tengo... lo demás es todo tuyo. Con afecto, Norberto" La doble y la dejé sobre un mueble.

Seis meses después, un fin de semana en que viajamos a Mar del Plata, se produjo la tercera visita a casa. Mucho más violenta, ya que imaginando el próximo robo, mi mujer quiso asegurar puertas y ventanas, reforzando las cerraduras. Tuvieron que forzar la puerta, destrozándola. La casa la encontramos casi vacía. Tres o cuatro días posteriores a este hecho, no lo sé con certeza, luego de sonar el timbre de calle, encontramos en el buzón de la correspondencia, una bolsita de papel madera. Tenía el perfume de aquel primer día, confieso que me sorprendió, hasta sentí cierta alegría.
Con ansiedad por abrirlo, casi rompo la esquelita que contenía:
"Norberto, te devuelvo lo que querías y te ruego me perdones",.. Envuelto en una frágil servilleta de papel estaba el pequeño objeto que tanto apreciaba y una firma: ...Alicia.

Copyright Norberto Alvarez Debans, reservado todos los derechos

jueves, 28 de julio de 2016

VOS TE ANIMASTE, YO NO...

Cuento breve

Por Norberto Alvarez Debans

Entonces fue de repente que me encontré meditando en esa forma que habías tenido de pararte frente a los problemas y pensarlos y repensarlos, en una interminable secuencia de dudas, sin solución aparente. Pero sé que fue por nuestra conversación previa -por ese comienzo- por el día, por la lluvia, por ese desenlace. Todo se unió para tramar el destino. Después fue mi carrera bajo el agua, y el refugio que busqué en el bar, (en el que nos habíamos citado tantas veces, con tantas esperanzas), por eso fue que no resistí el impulso de entrar.

"Desde la mesa, en que muchas veces se habían ubicado, Tomás imaginaba lo que habría sido la espera, mirando hacia la calle, ansiando ver la figura de Adela con su sacón rojo, chorreando agua y sosteniendo el paraguas olvidado"

Pero en ese lugar de la peatonal, que veía desde aquí, en ese lugar que deberías ocupar con tu llegada, se ubicaba ese artificioso plantero, iluminado con una luz anaranjada, que mezclaba la idea del sol con la realidad de la lluvia. El agua caprichosa, rebotaba en la lámpara que inútil proponía la luz del día. Y esas gotas, en una danza de saltos me mostraban tu ausencia, porque deseaba verte aparecer tras la puerta de vidrio, tapando esa solitaria imagen callejera. Pero el agua, siempre el agua,.. inevitable caía, caía, caía, como en esas visiones últimas, regresándome a ese punto fijo.


"Si Adela hubiese entrado en el bar de las citas, a explicarle un montón de cosas a Tomás, seguro que pediría como siempre que privaran sus pensamientos, en esa forma de ver las cosas tan particular que tenía, siempre contraría al sentido de las reflexiones de Tomás, siempre en contra de la realidad que él veía. Por eso seguramente, Adela hubiese entrado sin una solución conciliadora."

Entonces hubiésemos llegado a un punto de la conversación en que no sabríamos si aprobar los conceptos tuyos o los míos. Porque hubiésemos caído en esa gestación de las ideas, lindando con la filosofía, la elaboración de los ideales del prototipo social, y lo humano. Y nosotros y nuestros comportamientos y la suprema conducta de la moral y la explicación de lo universal, que tanto te agradaba. Y en ese momento nos hubiésemos dado cuenta que -después de horas de discusiones- volveríamos al punto de partida, a fojas cero. Al mismo lugar desde donde habíamos partido cuando decidimos la pareja y entusiasmados nos proponíamos proyectos, pensando que no habría obstáculos, y si los hubiere, los destruiríamos armados de nuestra capacidad de entendimiento, por nuestra forma de razonar, que nos hubiese llevado a un triunfo por sobre las habladurías...
-¿Qué dice?, ah, sí; ¡Un café mozo!

"Llovía tanto...Tomás sabía que no vendría Adela. Sin embargo tenía ganas de verla otra vez. Deseaba hablarle, no era posible que volviera a cuestionarle las bases de una relación lograda a partir de saber lo diferente que eran, pero aún así, ya casi habían encontrado el camino hacia el entendimiento, buscando el triunfo a pesar de declarado fracaso, que tanto les habían profetizado las amistades."

Por eso antes de comenzar la discusión hubiera sido necesario que te alertara, para que no iniciaras esas horas en que el tiempo se te deslizaba en una mezcla vana de palabras, en las cuales cada uno de nosotros buscaba la brillantez del diálogo, la elocuencia, los significados y los conceptos profundos. Agregando gestos y códigos emotivos acostumbrados, vertidos en una competencia por lograr el triunfo de su inteligencia avasallando al otro, demostrando su habilidad personal, cuando en realidad nos dábamos cuenta después, que a pesar de todo lo que decíamos seguiríamos vos y yo, mezclando lágrimas. Pero de esa forma, parados frente a los problemas sin resolverlos, buscando ayuda entre los amigos, olvidándonos así de las críticas. Vos que consultabas a tus amigas, y yo, que si hubiese planteado los míos a mis conocidos me hubieran dicho la de siempre:
-Buscate otra mina Tomás. No jodas más con esa, pasale poca bola, che, larga...

"Tomás imaginaba esa espera, como le había ocurrido otras veces, como si hubiese querido convencerse que Adela iba a venir. Deseaba verla en su mesa, porque llovía, por su soledad irreparable. Porque ya no le importaba que se parara frente a los problemas, en esa forma tan particular de verlos sin resolverlos y luego ese enojo tan de Adela, castigándolo con el silencio, que ahora se le antojaba interminable".

Si hubieses vuelto, se que anudarías palabras unas a unas, se sucederían gestos y llantos, tras los cuales te escudarías, elaborando una interminable discusión, tras la cual te ubicarías en la cima. Para guiar desde allí la agonía de vivir nuestros propios disgustos, dentro de un destino que hoy lo quiso así. Pero sé que quedó tu paraguas tambaleándose sobre el muelle, rehusando caer...como yo. En una última imagen te hundías en ese mar embravecido... con tu sacón rojo, bajo una cortina de agua, que antes de decidirnos nos había bañado a los dos, pero vos te animaste, yo no...

-Mozo;.. ¿Qué le debo?

Copyright Norberto Alvarez Debans

domingo, 10 de julio de 2016

LA PEQUEÑEZ DE LO VIVIENTE

Cuento breve:

Por Norberto Álvarez Debans

En todo lo que hicimos hubo un juego, oculto pero un juego al fin. Lo razono ahora, después de pasar tantas dificultades a causa de ellas y, precisamente, en este momento en que dudo si acostarme o no.

Me daba cuenta de que me habían atemorizado a pesar de su pequeñez. Y todo comenzó cuando iba a buscar la azucarera por las mañanas. Lo hacía nervioso, en guardia, temiendo volver verlas.

Destapaba el recipiente e inevitablemente las encontraba ahí. Con su presencia inquieta, oscurecían el contenido. Esa multiplicidad de hormigas componía un manto que cubría el azúcar. No siempre se presentaban así. A veces, habilidosas, se entremezclaban con los finos granitos y después de una suerte de ocultamientos y apariciones repetidas, surgían poderosas como un tanque lustroso, portando un minúsculo terroncito entre sus pinzas.

Pero era ese brillo rojizo lo que me molestaba, y el verlas moverse con tanta libertad sobre lo que era mío. Y en esa disputa por la propiedad, comencé a temerles. Después de la sorpresa desagradable de encontrarlas allí a diario, corría al baño y vaciaba con rabia el contenido en el inodoro. Luego las observaba nadar entre el azúcar, (que se hundía rápidamente), y el agua.

Ellas con sus patitas extendidas buscaban flotar torpemente en la superficie, hasta que, decidido, presionaba el botón del depósito y entonces veía esa cascada acompañada del ruidoso murmullo del agua levándolas. Las hormigas desaparecían en medio de un remolino que las hundía hacia las cañerías internas de la casa.

Luego, satisfecho, llevaba la azucarera a la cocina y la lavaba, secándola, repentinamente para verter otra vez en ella el azúcar. Eso sí, me deleitaba viendo caer los finos granitos que se precipitaban cubriendo el espejado fondo de acero, hasta colmar la azucarera, recordándome la arena clara de un antiguo reloj. Sólo después de esta  operación podía desayunar tranquilo, y así, todos los días.

Pero fue una de esas mañanas, cuando urdí el plan de esconder la azucarera después de desayunar. Creo que en ese hábito posterior de ocultarla, cambiándola de lugar, estaba el juego y ellas centraron allí el desafío. Yo que la ocultaba, preservando lo que era mío. Ellas, que solo buscaban apoderarse de cuanta azúcar encontraban.

Pero era seguro que algún rastro les dejaba, como una pista involuntaria, pues las hormigas invariablemente encontraban la azucarera. Quizás cuando regresaba del baño iba dejando caer los granitos de azúcar. Llegué a pensar en Hansel y Gretel y sus trocitos de pan, en una repetición involuntaria del cuento. Por eso me doy cuenta ahora, intentaba barrer afanosamente las diminutas y casi imperceptibles partículas de azúcar, que seguramente caían en el piso cuando iba o regresaba del baño. Las hormigas aparecían invictamente en la azucarera todas las mañanas.

Se plegaban al juego, pero como una recreación de la guerra, como si desde su pequeñez quisieran incitarme, mostrándose desafiantes.

Ahora tomo el desayuno sin azúcar porque no quiero seguirles más el juego, pero el café cada día me resulta más amargo e insoportable.

Días pasados, cuando regresé de las vacaciones, casi no creí lo que veía; el tarro que contenía el azúcar -con cuyo contenido llenaba la azucarera- había sido derramado, (no me pregunten cómo), pero seguramente en una acción colosal de las hormigas, aprovechando mi ausencia. El contenido casi no se distinguía, cubierto de miles de cuerpecitos rojos y brillantes. Se movían afanosas y coronaban sus cabezas con las pequeñas partículas blanquecinas, que transportaban enfilándose en largas caravanas.

Negarles el azúcar a las hormigas es imprudente, por las represalias. Ahora las he visto en el dormitorio, sacando tierra de los cimientos de la casa y creo advertir el juego; una elaborada venganza, una solapada acción donde siempre ganarán ellas.

Para colmo he soñado una caída a través de un enorme remolino de arena blanca, que me lleva en círculos, atado sobre mi cama, arrastrándome hacia un abismo que termina en un fondo de azúcar húmeda y gelatinosa, final donde me esperan millares de esos pequeños insectos que se fueron por el inodoro con sus pinzas listas para consumar la venganza. ¿Comprender ahora mi temor a acostarme?

Copyright Norberto Alvarez Debans.

miércoles, 11 de mayo de 2016

NOS INTENTAMOS LIBERAR

Cuento breve:

Por Norberto Alvarez Debans

Siempre nos han hablado de la liberación. Recordando, comencé por dejarme la barba buscando autenticidad, a sabiendas que contradecía los gustos de mi mujer. Ella, en igual actitud, como una réplica, se acortó la pollera... Nos miramos de reojo. Bernardita me observa la barba y yo le miro la pollera, tan sobre las rodillas. No hay duda que nos sentimos más liberados, aunque pensándolo bien, no tanto.

Cuando cenamos fumo en la mesa, confieso que me place. Ella al verme esgrime un escarbadientes como si fuera un cigarrillo e inmediatamente se monda los dientes, a sabiendas que a mi no me gusta. Así se siente más liberada. –Bernardita me lo confesó anoche cuando se acostó desnuda. La descubrí así, de golpe. Levanté la sábana para acostarme y estaba desnuda. Largó la vieja costumbre de la tanga y el camisón. Yo me acosté con medias de lana y el traje pijama, para hacerle la contra. Además, tomé una decisión para liberarme en serio, no me acostaré más desnudo como antes. Bernarda, que de tonta no tiene nada, se dio cuenta de mi reacción. Ahora sale todas las mañanas y se para a hablar  en la calle con todos; con el carnicero, con el sodero, con el almacenero y cuentan cuentos y se ríen todo el tiempo, sobre todo cuando la observo por la ventana.Todo para hacerme la contra. 

Yo dejé de hablar con todos en el barrio. ¡Claro!, Ahora me pregunto si estoy más liberado. Confieso que me siento más encerrado que antes. Por eso abro todas las ventanas de la casa para liberarme del encierro. Al verme, ella inventó otra; entra en el baño y se encierra. Abre todas las canillas, inunda la bañera y el bidé y luego hace escapar el agua por debajo de la puerta. El líquido corre por toda la casa. Mientras chapaleo el agua tibia, que me ablanda los mocasines, le grito: -¡Estás loca Bernarda, loca, loca!
Bernarda me contesta que está liberada y agrega: -Lo que pasa con vos Miguel es que sos como tus viejos, unos pelotudos, que no sabían hacer otra cosa que cazar mariposas o vivían encerrados en sí mismo como dos ostras.

Inmediatamente me arrojo contra la puerta del baño con ganas de asesinarla, el agua sigue saliendo, y ella, desde adentro, me sigue gritando que está liberada y alega; -¡Basta de sumisión!
Entonces con toda la espuma que me produce la rabia de aguantarla, inventé otra. Le prendo todas las estufas y las hornallas de la cocina. El calor sube por toda la casa y evapora el agua del piso, entonces una nube de humedad nos hace vivir en medio de una tiniebla atroz, pareciéndonos cada vez más a dos fantasmas en una casa abandonada.

Pienso que al final, esto, aunque nos duela nos está liberando de la realidad de las cosas normales, tan grises, tan chatas, y nos va acercando a la alegría de ser diferentes: ¡Mucho más, nosotros mismos!

¿Les cuento la última de Bernardita?.. Ahora sale del baño con una manguera y entra a rociar todos los muebles y las paredes mojando cuadros y adornos, mientras se ríe a carcajadas. ¡Ah! Pero yo le inventé otra a la histérica ésta, agarro todos los trapos y las toallas que hay en la casa y a propósito, para ofuscarla, voy secando cuantas cosas ella moja. Hoy se paró frente a mí y me llenó los ojos de agua con la manguera, sacando la lengua con movimientos hacia adentro y hacia fuera de la boca, como una lagartija. Les confieso que como un poseído comencé a quemar todos los trapos, incluyendo las toallas húmedas y las cortinas. Las iba arrojando sobre la llama de la cocina y en medio del fuego y el humo que se levantaba, tosía estrepitosamente, mirando a Bernarda con cara de loco.

En ese momento, a través de las ventanas abiertas, escuchamos el ulular de unas sirenas, entonces fue nuestra alegría. Inmediatamente nos abrazamos nombrándonos; -¡Bernardita!..., ¡Miguelito! Comprendiendo que la ansiada liberación, por fin, llegaba a nuestra casa.


martes, 10 de mayo de 2016

INFLUENCIAS DE UN TÍO ADEPTO.

Cuento breve:

Por Norberto Álvarez Debans

Me van a preguntar, ¿adepto a qué?, seguro. El Tío es adepto a la vida. Lo dice siempre; -"Amo la vida". Por eso casi no duerme. Dice que el sueño es la muerte y la cama el ataúd. Ahora ha aprendido a dormir parado en el baño.

Cuando termina de cenar; ve un poco de tele, lee un rato y luego va y se arrincona en el baño. Se envuelve los pies con una toalla. Se abriga con el sobretodo y apoyando una mano sobre el perchero, dormita (no duerme), y así, sueña, en ese estado de vigilia que le da el dormir parado.

Todos en casa decimos que su amor a la vida lo está trastornando. Con decirle que casi no come. Tío explicó que comer gasta las muelas, el estómago y otras partes. Que si se come, se mata la vida.

Entonces toma agua mineral, cualquier cantidad, por eso de que el agua purifica y come frutas porque es más natural y la manzana que es la fruta de la vida y, bla, bla, bla. Nosotros le decimos que es la del pecado, se lo dice papá en realidad. Tío afirma que es la de Newton, la de la fuerza de gravedad. Y como Tío a esto de no perder la vida le asigna cierta gravedad... ¡Mira... es de creer o reventar!

Pero todo esto que les cuento, para no cansarlos, es sólo una mínima parte de lo que él hace para preservar la vida. Y lo peor del caso es que está influenciando a todos en la casa. Su adhesión a la vida ha contagiado a la Nona, que hasta hace muy poco ya se había entregado -como dice Pá- y sólo buscaba morirse. Pero tanto hizo el Tío Modestino que ahora ella tampoco quiere morirse y le ha agarrado unas ganas bárbaras de la inmortalidad.
Los otros días por dormir parada terminó en el suelo, con un brazo quebrado, y fue todo un drama llevarla de madrugada al hospital. Para colmo de males Tío Modestino, que con el maldito asunto de dormir parado necesita como media hora para despertarse de la vigilia y hacer circular la sangre, ya que según nos dice se le queda toda en los pies, pero él pregona que es mejor todavía, porque así el corazón le trabaja menos.

Ahora, ¡es el colmo!, también Tía Pilar entró en la variante de Tío Modestino y se ha empeñado en preservar la vida. Ya se hizo un seguro en la creencia que este servicio, de por sí, le evitará la muerte.

Pero por las dudas, no quiere cruzar más ninguna calle, por miedo a los accidentes. Así que desde que tomó esta decisión, sale de compras -siempre y cuando el negocio este ubicado dentro de la manzana en que vivimos. Así es como se pasa dando vueltas a la manzana, pero jamás cruza la calzada. En todo caso sigue dando vueltas a la manzana hasta encontrar una vecina y cuando la ve le pide que se cruce y le compre lo que necesita en, tal o cual, negocio de enfrente.

Mientras tanto, ella sigue dando vueltas a la manzana, una y otra vez, porque así se ha acostumbrado. Y desde que contrajera esta manía, cuando la llaman a Tía Pilar, para que le alcance esto o aquello a algún miembro de la familia, (sobretodo Má), lo primero que hace es dar una vuelta sobre si misma. Seguramente en la creencia que está dando vueltas a la manzana. Así que la pobre Tía tiene una suerte de tic nervioso, ¡pero gigante!, que como cuenta Má; consiste en estar dando vueltas sobre si misma, cada vez que alguien le habla. Con decirles que el quiosquero de enfrente que la tiene bien junada la bautizó; "la calesita".

Tío Modestino es el culpable, el metió la cizaña en la casa, con esto de su adhesión a la vida.

Resulta que ahora Pá, ya no quiere afeitarse más. Por eso de que se puede cortar con la navaja y desangrarse. Así que se ha dejado crecer la barba y con la mishiadura que hay en la casa, con tanta locura junta por preservar la vida, el pobre viejo anda con una pinta de harapos que mata.

Para completar la desgracia que trajo Tío Modestino, Má ya no se quiere levantar de la cama, porque para ella, a pesar de lo que dice Tío, ve de lo más seguro estar en la cama para preservar la vida. Así que se la pasa acostada y meta dar órdenes de cómo hacer la limpieza, de cómo cocinar, de cómo como y como comemos.

¡Al carajo con todo esto! Les juro que a Tío Modestino le daría una patada en el culo, para que si se le pase la locura que tiene... pero pensándolo bien, descalzo no puedo, ¿sabes? Me ha agarrado un miedo bárbaro a ponerme los zapatos, por temor a que se me rompan los dedos ahí adentro. Y ahí sí que voy a terminar mi vida sin poder caminar, postrado o andando en una horrible silla de ruedas.




Copyright Norberto Álvarez Debans reservado todos los derechos