miércoles, 2 de noviembre de 2016

EL CONCURSO DE MANCHAS

Cuento Breve

Por Norberto Alvarez Debans

El hombre lo veía como parte de sus sueños, en confusión, igual que su existencia. Desgarbado, vestía con desgarro y mendicidad. Habitante forzoso de la naturaleza del lugar. Reclinado sobre la tierra, junto al tronco de un árbol de espesas frondas, con dificultad evidente empinaba la botella con vino tinto, observándolos. El apacible estado de su entorno (el Parque Lezama) se vio paulatinamente invadido de personas, haciéndolo en paz y silencio.

Con el pintoresquismo de sus ropas informales, llegaban desde todas las direcciones, convergiendo allí. Traían ocultas, armas, utensilios y municiones de colores. Venían solos, en parejas o grupos, perfumados de óleo-laca-trementina. Pelos largos, trenzas y barbas, pareciéndose entre sí, en los alegres contrastes de sus ropas informales.

El Parque se fue poblando de ellos, caminaban casi danzando, los brazos extendidos y levantados, cruzando el índice con el pulgar de ambas manos, repitiendo la mímica una y otra vez. Buscaban encuadres donde centrar la acción, saltando de un rincón a otro. Tomaron posiciones entre los árboles o sobre los caminos del parque. Armados de pinceles, arremetían contra los bastidores (ubicados en caballetes desplegables) enfrentando tras sus telas, como escudos, al Parque con decisión. Otros sentados en el césped, con cartones sobre las piernas, manchaban con espátulas los bocetos a la carbonilla.

Ellos contra el Parque, librando el desafío. Pocos, alejados del frente activo –solitarios- iluminaban el paisaje con sus acuarelas humedecidas, ¡Luz, color y fantasía!

Lentamente comenzaron a teñir el cielo con grises o azules, la tierra con marrones y terracotas, de siena y ocre los caminos, con infinidad de verdes las gramillas. Con su poder de síntesis modelaban los árboles, reubicándolos entre objetos, atentos a su propia configuración de las escenas. Las cabelleras de múltiples hojas, se arremolinaban sobre los jarrones del sendero principal y con toques de flores los resaltaban. Las perspectivas fueron modificadas, trabajaban afanosos con diversos puntos de fuga y el trazo seguro multiplicaba los bancos, los árboles y los canteros, enderezando los sinuosos caminos, mostrando detalles ocultos o forjando las verjas lindantes a gusto.
Quienes se ceñían a la realidad de la observación clásica, calcaron sobre sus telas las dimensiones, yuxtaponiendo colores, creando vibraciones y texturas, atrapando el paisaje en los espacios que trajeron vacíos.

Los pintores habían encontrado un dominante que actuaba como ordenador, permitiéndole el encuentro y la acción, el concurso de manchas en el Parque. Las referencias: el cielo, la tierra, la vegetación, los caminos, las fuentes, las escaleras. La quietud, el silencio del lugar y la figura humana. La tarde tranquila y los límites; el Parque y la ciudad. ¿El Parque de la ciudad? ¡Los pintores de la ciudad en el Parque! Todo se descomponía según el enfoque de los artistas.
Los trazos (ejes imaginarios y formas contenidas) lo cruzaron todo. Lo recortaron en rectángulos, variando la intensidad de los planos, llenándolos de matices nuevos. Volcaban entusiastas sus tendencias a la transformación, tamizando vivencias y realidad, cambiando la atracción y tensión de las perspectivas. Atraparon en las redes de sus telas lo que tocaba la gracia del pincel, de la carbonilla o de las espátulas, el paisaje y su atmósfera.

Jugaron embelesados a la creación, como hacedores de fantasías, sobre la tangible realidad, recreando lo creado. Por eso le crecieron alas a las estatuas, olivos de paz en las manos de los niños, ramos de flores a las parejas, ruedas y motores a las cosas. Convirtieron los bancos en camas abrazadas de amores. Los bebederos en fuentes mágicas de chorros iridiscentes, bañando el lugar y a las personas sorprendidas. Las gamas de colores varían, las texturas también son alteradas en la ansiedad de la lucha, luz y sombras, cielo y tierra, figuras y soledad. Color contra color, los pintores y el parque.

El borracho en medio del pasto crecido (escondido en la penumbra) presencia en sopor, la transformación del sitio sobre las telas. El Parque Lezama se diluye como una visión fragmentada y blanda. Casi daliliana, quedando suspendida en caballetes y atriles, también sobre las superficies planas apoyadas en las piernas de los pintores. Todo ha cambiado, después de los aprehendedores del paisaje.

Los estrategas y críticos desarrollaron el juego: puntillismo, cubismo, impresionismo, futurismo, hiperrealismo, los istmos de la plástica en los rincones de los espacios invadidos. Las calles que rodea el paseo, limitan el territorio. En su interior, el accionar de los pintores desfigura la geografía. Los escalones aparecen y desaparecen, el agua de las fuentes ha desbordado y sus impulsos líquidos van tiñendo en su latir a los artistas, salpicando en la lucha sus ropas, sus dedos, sus caras, con colores, pareciéndose así a los arlequines de Picasso o a las muchachas de Cavalcanti. Los pintores penetran, paulatinamente, en la naturaleza encerrada en el Parque (a resguardo de la ciudad) a través de sinuosos caminos de la fantasía.

Con sus trabajos terminados, van tomando el Parque, a través de la luz de sus percepciones. Las galerías de arte de la ciudad los esperan.

Las visiones del borracho, desde su lugar, producen otra imagen del conjunto, nebulosa de una irrealidad, realidad en veladuras multicolores; realidad e irrealidad, nebulosas y veladuras. ¿Diferencias de un sueño más? Quizás hoy, sin el matiz de sus grises habituales, (comienzo del silencio a su alrededor), abrazado a su muñeca de vidrio –ya vacía-  abrigado de pastos y bajo el amparo del árbol, oculta sus sueños. Antiquísima niñez, recuerdo de verano en el campo, pájaros y colores, vida. Extraña realidad presentida en el tiempo.

La luz se va extinguiendo –señal propicia- los artistas guardan las armas y utensilios. Abrazados a sus preciosos trofeos van desandando el camino. Arlequines y muchachas multicolores, bufandas abrigadas dentro de los pelos y bajo las barbas, sonrisas y miradas, entorno a conversaciones en común.

En retirada, se llevan sigilosos el Parque atrapado para siempre sobre sus telas. Eufóricos con el triunfo, olvidando ya el inquietante blanco inicial, angustia de pintores. Del paisaje recortado y fraccionado, los más audaces o talentosos se llevan una gran parte, los iniciados, pequeñas superficies. La naturaleza profanada por los pintores con el arte de su razón ha sido volcada sobre sus telas y cartones y la llevan al centro de la ciudad, para mostrarlas en galerías como un espacio propio cargado de su vanidad creadora.

El Parque ha desaparecido, nada queda. Cuando el testigo inicial despertó de su embriaguez, rodeado del blanco vacío, pensó que soñaba. El hecho fue noticia el 16 de mayo de 1964.

Copyright Norberto Alvarez Debans. Reservado todos los derechos.

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